Europa dominaba en el mundo, tanto en la esfera política y económica como en la cultural, y era el punto de referencia y de valoración para todas las restantes culturas, tan distintas.
En esos 500 años era suficiente conocer la cultura europea e, incluso, ser europeo, de nacimiento o naturalizado, para sentirse dueño de la casa en cualquier parte, para sentirse amo del mundo. El europeo, para sentirse así, no necesitaba conocimientos ni preparación. Tampoco necesitaba una mente o un carácter de virtudes singulares.
Yo observé ese fenómeno todavía en las décadas de los años cincuenta y sesenta en África y Asia. Un europeo muy mediocre en su país, incluso un individuo por debajo de la media, conseguía inmediatamente en Malasia o Zambia el cargo de alto comisario, presidente de una gran sociedad o director de un hospital o escuela. La población local escuchaba con humildad sus enseñanzas y se esforzaba por asimilar sus ideas y opiniones.
En el Congo belga, las autoridades coloniales crearon la categoría de personas llamadas evolues, es decir, de aquellos africanos que habían salido del salvajismo tribal, pero que todavía no se merecían la denominación de personas europeizadas. El evolué era alguien que se dirigía hacia algo. Bruselas tenía la esperanza de que, gracias a sus esfuerzos, inversiones, paciencia y buena voluntad, esos individuos algún día conseguirían ascender hasta el nivel europeo, cumbre del ser humano.
El siglo XX no fue solamente un siglo de totalitarismos y guerras. Fue también el siglo de la descolonización, de la gran liberación. Las tres cuartas partes de la humanidad se liberaron entonces del yugo colonial, y, al menos formalmente, conquistaron la categoría de ciudadanos del mundo con plenos derechos. Nunca antes hubo en la historia un suceso similar y jamás volverá a haberlo en el futuro.
La primera brecha en el monopolio del eurocentrismo, en la dominación de la cultura europea, fue abierta a mediados del siglo XX, en la época de la descolonización. En los siguientes cuatro decenios, por culpa de la guerra fría, el proceso fue frenado y despojado de la dinámica que pudo tener. Las férreas y duras reglas de la guerra fría impidieron el desarrollo de la cultura. Ésa es una experiencia común de todo el mundo que vivió el colonialismo.
No obstante, las culturas no europeas que resurgían y que apenas habían empezado a cuajar y adquirir vigor, a pesar de las dificultades y limitaciones, consiguieron sobrevivir, desarrollarse y adquirir conciencia sobre su propia existencia. Como consecuencia, cuando terminó la guerra fría resultaron ser ya tan independientes y dinámicas que pudieron pasar ya a la segunda etapa, ahora en marcha, etapa que yo definiría como toma de autoconciencia, de creciente autovaloración positiva, de aparición de ambiciones palpables relacionadas con la ocupación de un nuevo e importante lugar en un mundo multicultural que se democratiza.
Europa se ha retirado con su cultura de las regiones que tradicionalmente fueron espacio de influencia de las culturas china, hindú, islámica y africana. Al perder el interés político por esas regiones y al tener en ellas intereses económicos cada vez más secundarios, Europa se vio incapacitada para encontrar una nueva presencia y poder convivir con las culturas de otras civilizaciones. El vacío dejado por Europa está siendo rellenado eficazmente por enérgicas y vigorosas culturas locales, muy numerosas y con grandes ambiciones.
Porque Occidente, en vez de interesarse por lo que sucedía en el mundo que dominaba desde hacía 500 años, se entregó al placer del consumismo, y para aumentarlo se encerró en su propio círculo y se aisló, con una gran indiferencia, del mundo que lo rodeaba, de todo lo que sucedía en él. Fue así como no se dio cuenta de que surgió un mundo nuevo, un mundo antes vencido, sometido y sumiso, pero ahora cada vez más independiente, retador y rebelde.
Europa se enfrenta a un gran reto. Tiene que encontrar un nuevo espacio para sí en un mundo que antes dominó, en el que tuvo una posición privilegiada, que ahora ha perdido.
Georg Simmel consideraba, incluso, que el proceso fundamental de la vida de las sociedades humanas consiste en la creación de valores generados por el espíritu del intercambio.
Florian Znaniecki, en un su libro titulado Los hombres de hoy y la civilización del futuro, escrito en los años treinta, señaló: "Nos encontramos ante una alternativa. O surge una civilización universal que pueda salvar todo lo que merezca ser salvado de las civilizaciones nacionales y conduce a la humanidad hasta alturas inalcanzables incluso para los utópicos, o las civilizaciones nacionales se derrumbarán, lo que significa que, aunque el mundo de la cultura no sea destruido, sus principales sistemas, sus modelos más valiosos, perderán toda su significación vital...".
Ryszard Kapuscinski